Quince días de playa

Por lo general solían ser quince días, a la larga quince soporíferos días de playa. A mí no me gusta la arena más que para hacer fotos y el mar para comer de él gambas. Le guardo el mismo respeto al oleaje que a un tigre suelto en mitad de una plaza. Me gusta el océano de lejos y el olor a yodo a una hora de carretera. Los gustos clásicos de un acomodado mongolo de ciudad, eso sí, algo menos mongolo de lo habitual por tener al menos bastante claro lo que le gusta y lo que no. Los pies llenos de arena me enervan, me sobrepasan y también ese bochorno de costa que te pone la piel pegajosa tras salir quince minutos después de una buena ducha. Siempre dije que las playas tendrían que ser césped, así te ahorrabas masticar arena dentro del bocata de filete empanado. Tiempo al tiempo.


Lo bueno de ir a todos los sitios con una cámara es que cuando estás atento al histograma no estás pendiente de la sal reseca que se te queda entre las rodillas. Fue así poco a poco como aquellas tardes y noches hicieron de mi terraza la mejor academia de fotografía que pude conocer. La cámara fue ese monitor que sin pretenderlo me hizo descalzarme y acercarme a una orilla a sentir el cosquilleo de unas algas amarrándosete al tobillo, como dándote la bienvenida. Así fue como aprendí a disfrutar de un antes, de un durante y de un después que se estiraba a altas horas de la noche, con la compañía de dos velas amarillas encendidas de esas antimosquitos, un ordenador donde se podían freír tortillitas de camarones y un Adobe Photoshop CS3 con el que empecé a montar mis primeras panorámicas a mano, porque no tenía ni idea de que existía algo que se llamaba Photomerge.



Siempre comenzamos esos días igual, comiendo por la plaza con la visita obligada a una antigua librería que guardaba joyas que hoy aun conservo. Tres o cuatro revistas y algún libro. Muchos no lo sabréis, pero los catetos de ciudad solemos aprovechar el veraneo para disfrutar de un cielo estrellado en la playa. Si nos veis mirando hacia arriba no es que tengamos un pinzamiento en las cervicales, es que entre semáforos si miras en alto solamente verás farolas. Es lo que tiene asegurarse la fibra simétrica 300, que te pierdes parte de la vía láctea. Equilibrio lo llaman. 


Para los más entendidos las playas son de levante o de poniente Para los que aprendimos a disfrutarlas gracias a una cámara, son de amaneceres o de atardeceres. Soy más de las segundas. No hay mejores amaneceres que los que iluminan desde las azoteas, con la ropa aun tendida y si se pudiese legislar, las tardes deberían terminar siempre con un sol escondiéndose debajo del agua. 



Así fue como me hice a la playa, con la ayuda de filtros nocturnos para disparar en bulb, con la ilusión de buscar ese efecto seda en la orilla, con las ganas de ver el resultado de aquella primera foto que hice con el obturador a 300 segundos.


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