Permítanme que no lo haya entendido

Y lo digo de verdad, alejado de cualquier segunda intención, de corazón lo hago saber, permítanme que no lo haya entendido, que no es lo mismo que no lo haya querido entender. Soy uno de esos seres humanos que no mide la hombría por ver quién se queja menos, por quién aguanta más el frío, por quién sintetiza mejor el alcohol. A lo mejor la culpa es mía y todo. A lo mejor incluso tendría que haber empezado estas líneas pidiendo perdón por estar acostumbrado a los pequeños banales placeres, como saber que a media hora de coche ya me está llegando el olor a yodo de la playa, aunque ni vaya. A lo mejor mi prisma era el que siempre estuvo roto y por mucho que lo girase nunca iba a salir de las mismas cuatro paredes de cristal, de esas Cuatro Estaciones de Vivaldi que me enseñaron que existían en todas las ciudades, aunque no fuese así.


Como ya he dicho puede que la culpa sea mía y jamás me haya acostumbrado a eso de levantarme a las 06:00 para llegar a las 08:30 al trabajo. Puede que me guste oler durante cuatro meses a azahar, otros cuatro a hierba recién cortada, a lluvia limpia, sesenta días de verano a cloro y el resto a la dama de noche que cuelga por encima del muro de mi vecina. Sí, seguramente la culpa sea mía y cualquiera pueda adaptarse a que no le devuelvan los buenos días a diario, a que te atiendan en los comercios como si fuese un suplicio la entrada de un cliente, a hipotecarte no por ilusión sino porque sale más barato que el alquiler, a cruzar por un paso de cebra por encima de un anciano que tras caerse al suelo nadie se le acerca a ayudar porque todos van con una prisa tremenda a algún lugar donde a la mayoría no le espera nadie. 

Eso sí, tener tiene de todo. Tiene hasta la gracia de llegar de trabajar a las ocho de la tarde y pegarte cuarenta y cinco minutos buscando aparcamiento en la zona verde de tu casa. Tiene bocatas de calamares que no han visto el mar ni en fotos. Tiene melones de Villaconejos, vermú de Cataluña, anís de Chinchón, fresón de Aranjuez, costrada de Alcalá de Henares. Tiene el Museo del Prado de Goya, Murillo y Velázquez. Tiene pan congelado allá por donde vayas. Por tener tiene hasta el mejor equipo del mundo, eso dicen, con un capitán de Sevilla que levanta los títulos con la insignia de Hércules domando a sus dos leones. Tiene miles de empresas pertenecientes a otras empresas que a su vez pertenecen a otro conglomerado de empresas donde el mérito es salir una hora más tarde, por corporativismo, por pensar que terminarás heredando parte de la misma a la que ya por mucho que le llores no podrás cobrarle jamás todos los días que no comiste con tu familia.

Intuyo que lo normal ahora es que media tarde paseando por un parque te termine costando cuatro euros más la feroz intranquilidad de vivir mirando el reloj no vaya ser que el señor de la maquinita te termine enchufando otros ciento cincuenta. Tampoco he sabido hacerme a los más de treinta kilómetros de perímetro donde me resulta imposible desplazarme sin dejarme la cartera en el camino. No me he hecho y les juro que le he puesto los mejores ojos. Me habré cansado de que me miren en el metro como si fuese yo el ser exótico que acaba de llegar de una tribu subsahariana con el pelo teñido de rojo y pidiendo limosna con una camiseta de tirantes en pleno enero enseñando los muñones como reclamo y recuerdo de algún infernal accidente.

Nadie te conoce, eso es cierto. Hasta el propio anonimato resulta reservado. Si a eso le sumas las distancias lo mejor es que jamás tendrás que lidiar con un mecánico de confianza, porque nunca lo tendrás. Vivirás de las franquicias, donde te cobrarán más, el empleado ganará menos y vete tú a saber dónde y cómo tributa cada una. En los hospitales ocurre lo mismo, eres un número más, aunque llegues con el riñón en la mano, es lo que tiene insensibilizarte con las penurias del diario. Todavía estoy esperando aquella ambulancia cuando mi mujer se desmayó, me dijeron que si no hablaban con ella antes para valorar la gravedad de los hechos no desplazarían ningún medio. Y así fue.

Todo es culpa mía, por acostumbrarme a la fruta del campo, a las tahonas familiares, al huevero, al lechero, al panadero, al horno de leña y hasta a ese gitano que dejó de venir que de vez en cuando te tocaba al timbre vendiendo mostachones de Utrera. Será que no entiendo cómo se puede comer siempre de menú, atrapado en una jaula de primero, segundo, bebida, pan y postre, cuando nunca como postre, ni tampoco quiero pan para mojar en una salsa de polvitos disueltos en agua. Será que me encanta ir a la lonja a oler a mar y sentir que una caballa está fresca cuando al cogerla se te escapa de las manos y no ver como los pescaderos desangran sardinillas en las agallas de un rape, mientras te dicen que tienen el mejor puerto de España.

Posiblemente todo venga también porque no me acostumbro a que no suenen balones botando, a que aquí los niños no puedan jugar en la calle porque nada más cruzar el portal tengan una avenida de cuatro carriles. Porque nunca entenderé que con 250.000€ no te dé para un piso de cuatro dormitorios, dos baños, garaje y trastero en una zona en la que al salir de tu portal no te parezca vivir en Bagdad.

Yo siempre fui de poco y bueno. Tenerlo todo no tiene sentido. Muchas veces me da por hablar mal de mi ciudad, muy mal, para evitar que vengan, que ya somos demasiados y las terrazas muchas veces están llenas. Que si hace muchísimo calor, que si la gente no es tan agradable como dicen, que si somos muy falsos y que lo único que sabemos hacer es tocar las palmas. Me comporto como un conocido que tuve, que cada vez que hablábamos de ir a un parque de atracciones decía que era una auténtica mierda, una estafa, que él ya había ido y que no lo recomendaba. Luego nos acabamos dando cuenta que lo que le pasaba es que tenía un miedo tremendo a las montañas rusas.

Es lo que tiene lo castizo, que en algunos lugares murió hace años y lo único que hacen es tapar los cadáveres con ecuatorianos sirviendo susos de crema en las pastelerías fundadas hace doscientos años. Negocio familiar pone en la puerta. No todos quieren trabajar los domingos. La semana pasada un compañero estaba en la oficina pidiendo la jubilación. Cuarenta y tres años cotizados de los que en su totalidad se había desplazado en metro de casa al trabajo. Hora y cuarto en cada trayecto, ida más vuelta. Por curiosidad delante mía enganchó una calculadora para saber el tiempo que había estado viviendo como un puto topo. Le salieron más de tres años. En total. Más de tres años.

Yo creo que la culpa es mía, nuestra, por querer desayunar con normalidad supina churros calentitos en cualquier esquina de barrio. Aquí son más de exigir la tapa con la bebida, como si fuese un derecho fundamental, para terminar sacando pecho de ciudad por dos empanadillas congeladas fritas desde hace tres días. Te miran como diciendo: “Esto… esto no lo tenéis por allí.” Y es verdad. Qué razón tienen.

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