La noche en la que el cielo se nos quedó pequeño

Para los que no seáis conocedores Iridium es una constelación artificial de satélites Motorola que orbitan a una altura inferior a 800km de la Tierra. Grupos de once satélites repartidos en seis órbitas diferentes, 66 en total, en las que cada uno tarda sobre cien minutos en dar una vuelta al mundo. Su principal función era proveer de cobertura a lugares inhóspitos. Por desgracia el coste de sus terminales móviles era impronunciable por lo que el servicio no llegó a ser útil ni tan siquiera un año. Aun así los satélites siguen rodeándonos y aunque el proyecto en la actualidad está catalogado como basura espacial, cualquiera se fía.


A día de hoy con la ayuda de un terminal móvil tenemos la facilidad de ubicarnos con respecto al cielo en cuestión de segundos. Tenemos realidad aumentada, brújula incorporada y un sin fin de datos al momento con los que el más torpe de todos sabrá encontrar la constelación más perdida. Hace más de diez años no es que fuese precisamente difícil, pero si es cierto que de vez en cuando había que recurrir al menos a un libro.


Uno de mis hermanos fue quien me mostró el noble y enriquecedor divertirmento de observar el cielo y con el que aprendí a diferenciar astros y todo tipo de luces que para mí antes eran simplemente estrellas todas, sin más. Gracias a la interpretación de los datos con la ayuda de un software y alguna que otra consulta en webs astronómicas nos disponíamos, incluso a importantes horas de la madrugada, a esperar pacientemente aquel fenómeno. Observábamos una calculada parcela de cielo bien acotada y con una coordinación digna de los Power Rangers, cuenta atrás de un reloj Casio digital en la mano y una de nuestras primeras cámaras Sony enganchadas a un pequeño trípode de cinco euros en modo disparo de treinta segundos, pretendíamos cazar por primera vez uno de esos enormes satélites que ya desde 1999 dejaron de dar un servicio útil. 


Durante la cuenta atrás el corazón me palpitaba como si estuviese dentro de una jaula de leones. ¿Cómo unos cálculos a mano van a sorprendernos con la aparición de un haz de luz en mitad del cielo de una ciudad claramente contaminada lumínicamente?. Fueron los comienzos del verano del 2005 y en una de las azoteas que pueblan el mundo se encontraban tres jóvenes deseando ir a la caza del siguiente. Fue su primer Iridium, de intensidad -4 y un así les pareció una luz cegadora. El fenómeno no dura más de cinco segundos, pero a ellos les pareció una preciosa eternidad. En ese momento el mundo fue un lugar más sano. Había tres desconocidos que esa misma noche con los mismos conocimientos de los que dispone un saco de naranjas, se sintieron como Copérnico.

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