Cuando las videoconsolas educaban

Creo que el principal problema para que alguien termine cayendo en el infierno de la calle es que no disponga del espacio íntimo suficiente, de su propio asedio personal, de su rincón de protección donde poder regatearle a la vida todos los dardos disfrazados y envenenados que nos lanza. En mi caso le debo más al proteccionismo tecnológico de una MegaDrive que me mantuvo más cerca de casa, más cerca de mi familia, que a mis diez primeros años de educación ya que nadie a esa edad posee la capacidad suficiente como para entender todos los valores que nuestros padres nos pretenden inculcar.


No existe autodeterminación ni ante la mejor educación que pudiésemos recibir, tan sólo existe una fuerza que nos ayuda a pasar más tiempo en nuestro cuarto, algo que nos mantiene bien atados por un precioso e invisible hilo de diamante y nos ayuda a convertir cada hora de la siesta en una aventura sin final o cada noche de fin de semana en una odisea frente a un monitor. Alguien dijo alguna vez que sabía lo que era tener hermanos porque todas las noches apagaba las velas con ellos antes de irse a la cama. En mi caso yo puedo decir que he sabido lo que es tenerlos porque en mi casa siempre he tenido dos mandos para cualquier videoconsola.

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