Casa Lucio, sus huevos y algo más

En una de mis prepúberes visitas familiares a Madrid mis padres quisieron conocer Casa Lucio. A la vuelta mis amigos me preguntaron que qué tal estaban los huevos. Yo les contesté que estaban muy buenos, pero ellos, desconcertados por la fama de aquel plato, siguieron afilando sus interrogantes buscando algo más. "Son unos muy buenos huevos fritos con patatas".- les dije. "Buenos huevos de calidad y buenas patatas de calidad, fritos en un buen aceite de oliva virgen".- sin más. La siguiente pregunta era más que evidente. Sobre 9€ contesté, es un plato grande, abundante. Les pareció una barbaridad por unos simples huevos fritos. En aquella época había un restaurante en Sevilla que se llamaba Egg Smile. No duró mucho. Sus comensales no salían del todo satisfechos. Digamos que la gente iba a la novedad, pero no volvía. El precio de sus huevos fritos con patatas rondaba la misma cuantía. Nunca nadie sacó a relucir esa comparativa. Fue algo que jamás llegué a entender y os puedo asegurar que ambos marcos no son para nada equiparables. Cada uno es libre de valorar cuándo algo es caro o deja de serlo. Un menú grande en McDonald's con postre posiblemente sobrepase esa cifra, pero de todas formas los huevos de Lucio no hacen justicia a la excelente cocina que se esconde detrás de su plato más afamado.

Ya hace años de la primera vez que me senté en una de sus mesas con la idea prefijada de comer los huevos. En una esquina de uno de sus salones, bajo un busto del Rey Don Juan Carlos I que no hacía más que incrementar la tan sonada anécdota de que el monarca iba explícitamente a por ellos. A veces la llamada de atención puede llegar a venir por donde menos lo esperes, pero la cocina de Lucio, tanto de su restaurante como de su taberna Los Huevos de Lucio, va mucho más allá que de unos simples pero deliciosos huevos fritos bien acompañados. Creo que son la excusa perfecta para llegar a conocer una de las mejores cocinas de Madrid.

De sus dos opciones, restaurante y taberna, ambas en la Cava Baja, yo me quedo con la segunda. En ella he disfrutado de una de las mejores ensaladas que me he comido jamás. Una fusión de sabores que se encuentran a mil jodidas millas de sus huevos, en cualquiera de los campos en los que un plato de comida pueda llegar a medirse. Su Ensalada de Flor de Agua nos dejó con esa cara de sorpresa tan complicada de conseguir en un restaurante. Se impregnó tanto ese momento en el recuerdo que no dudamos en elegirlo para la siguiente fecha clave que nos encontrásemos en el calendario.


No creo que el negocio de Lucio haya pasado casi nunca por una mala época. Solamente hay que darse un paseo por la Cava Baja para ver el trasiego de visitantes que lo tienen como una primera opción. La mayoría, imagino que como en mi caso, su primera visita -y no solo la primera- sea para probar sus huevos, pero desde aquí les animo a ir y a volver y descubrir el bosque que se esconde tras los árboles.




Siempre recordaré mis primeras angulas y al mismo Lucio recogiéndonos la mesa mientras nos comentaba que a él no se le caían los anillos por trabajar como uno más, que las Estrellas Michelín las tendrían otros, pero que su restaurante era como su casa y que siempre estaba lleno de gente contenta. El perfil de Lucio se encuentra en las antípodas de las nuevas imágenes de marketing de chef que, independientemente de la calidad de sus restaurantes, son más conocidos por cualquiera otra cosa que por sus platos. Son como el fútbol moderno, la parte más fea de tu trabajo con la que tienes que lidiar. Aun sin ser cocinero -y tampoco futbolista- le entendí a la perfección.

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