La libertad no es el dónde, la libertad es el cuándo

Aunque pueda resultar insultante para el que se encuentre rodeado de ellos, no son precisamente los barrotes los encargados de hacer perder a alguien su propia libertad. Tampoco lo es él mismo, la persona, el responsable de encontrarse entre cuatro paredes opacas tras las cuales no pueda observar ni su desidia, no siempre es así. Tampoco lo son las rejas, ni los muros. La libertad, la de cada uno - no el complejo metafórico colectivo - se esfuma cuando dejas de dominar el tiempo que te ha sido otorgado, ese bien intangible que será el único elemento que nunca jamás podrás llegar a recuperar cuando no lo dediques a lo que precisamente querías dedicarlo. Es el tiempo el encargado de enjaularte y marcarte los pasos, es el tiempo y aquellos que se otorgaron el título de relojeros oficiales los que proponen, como no, a su antojo y lustre, como si se les acabase de ocurrir en ese mismo instante resultado de una improvisación de alturas estratosféricas, como si un chispazo de otro mundo les hubiese otorgado el don de la idoneidad perpetua, aquellos maestros de feliz semblante que como quien no quiere la cosa siempre encuentran aparcamiento en la misma puerta de donde quieren bajarse, son aquellos relojeros oficiales los que como decía siempre proponen, pero eso si, para beneficiar sus propios menesteres. No sé cómo lo hacen y sobre todo cómo lo consiguen. Es de admirar. Son momentos muy sutiles, incluso elegantes diría yo. Permítanme que me explaye un poco.


Es así, hay dos tipos de personas en este mundo. Imagínense un reloj. Un reloj animado, como de un personaje de dibujos. El reloj vive donde quiere y dentro de donde quiere él se ubica donde le place. Hay cientos de ciudades, miles de viviendas y millones de paredes. El reloj se coloca a su antojo, en solitario o al lado de otros relojes, dispone de su lugar sin más problemas que los físicos y espaciales. Si quiere ser de pared lo será, si quiere ser de cuco también. El reloj va y viene a su propia orden. De retrasarse a sí mismo un par de horas no habría ningún inconveniente, lo hará, si su decisión resultase ahora adelantarse, más de lo mismo. De hecho, si no quiere dar la hora no la da. No tiene dueño. Es soberano de su tiempo. Ese reloj sería nuestra primera persona. No le rinde cuentas a nadie y mucho menos a nuestro segundo personaje, el relojero. Éste vive donde trabaja, no precisamente donde le gustaría ubicarse. Su tiempo rutinario no es otro que el dictan los relojes. Su trabajo es pasar a revisión a cada uno de sus clientes, arreglando las averías, cambiando piezas y dando cuerda. Mientras el relojero pone a punto a uno de ellos los demás relojes disfrutan de su salud. Algunos pasan los días en el parque, otros en la playa, otros quedan para visitar a la familia o para tomarse unas tapas con sus amigos. Lo tienen fácil, se colocaron donde quisieron, lo tienen todo a mano, como el que no quiere la cosa hay días que se pueden montar un buen plan sin tan siquiera planteárselo, surge. El relojero sigue arreglando relojes a bastante kilómetros de casa soñando con sus días libres para hacer todo aquello que le cuentan los relojes, disfrutar como y cuando quieren. Playa, cine, ir de restaurantes, coger la bicicleta, ir al parque, es el pequeño antojo que tiene el relojero, el que no puede darse por encontrarse donde se encuentra. El dónde.

Sin más, el relojero una vez llegado el fin de semana libre, decide salir corriendo para tras agarrar el petate más cargado de ilusión que de mudas, recoger a su mujer, con la que comparte profesión, y comenzar a disfrutar de todos esos planes que desgraciadamente ya de antemano tristemente conocen que les será imposible realizar en tan escasos días. Aun así agradecidos con la coincidencia del calendario, que de no ser por ello poco podrían encontrarse tanto en tiempo como en lugar donde ambos desean.. Descartando la playa y el paseo en bicicleta se enfrentan al desavío emocional de pasar las horas donde verdaderamente quieren estar, tesoro nada valorado por piratas a los que por supuesto no les faltan los escondites donde cobijar sus cofres de oro, rubíes, plata y ron. Hasta aquí todo en orden, todo en hora.


Sin más, desconcertantemente los relojes, soberanos de su tiempo y espacio, se empiezan a sentir ignorados, como poseedores de un título de desprecio que les llega con ahínco, como a sabiendas, víctimas de que el foco del teatro no apunte ahora sobre sus caras, a pesar de haber sido siempre ellos los que podían ir al teatro, ser protagonistas, encargados del telón, acomodadores e incluso manejar a gusto libre el propio foco. Éstos, tanto los de pared como los de cuco, los de interior y los de exterior, todos los que son dueños de su ocio, son ahora incapaces de entender lo que ellos jamás han perdido y perderán, el cuándo.


Con esta soplapollez de fábula sólo quiero mostrar que no hay nadie más preso que el que no se gobierna a sí mismo, aunque no haya barrotes, ni rejas, ni muros. Que hagas lo que hagas siempre habrá alguien al que le parezca mal. Que la empatía es el don más escaso que hay en la tierra. Y que esto que veis es mi dónde, pero sobre todo es mi cuándo. Nuestro. Dos conceptos que jamás voy a volver a dejar escapar en mi vida, por muchos relojes que con todo el tiempo del mundo tampoco visitaron al relojero desde hace más de cinco años.




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