Monasterio de El Escorial

Dentro de esa dura piel de granito gris se encuentra el corazón que bombeaba la historia de la España desde hace cuatro siglos. Pasearla tranquilamente es darse cuenta de que en esta patria tan malintencionada, en algunos tiempos ciertas cosas se hicieron como se debieron hacer. Durante veintidós años se colocó piedra a piedra, tablero a tablero, la enorme majestuosidad que supone el Monasterio de El Escorial. Sé que puede llegar a ser duro pensarlo, más cuando todavía quedan catedrales en Barcelona a medio hacer.

Como dijo Unamuno: "Lo cierto es que apenas hay quien se llegue a visitar El Escorial con ánimo desprevenido y sereno, a recibir la impresión de una obra de arte, a gozar con el goce refinado y más raro, cual es el de la contemplación del desnudo arquitectónico. Casi todos los que a ver El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos y religiosos. Van a buscar la sombra de Felipe II, mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran, se la fingen."

Es un buen tándem empezar la mañana - o la tarde - en El Valle de los Caídos y venir a rematar aquí. La sierra madrileña esconde bastante más tesoros que los que dicen haber por el mismo centro de la ciudad. Será que ya por aquellos entonces los más sabios se aventuraron a vislumbrar un futuro con un cielo más cenizo en el propio epicentro de sus reinos. Se agradece a día de hoy poder disfrutar de su fría piedra y de sus nubes enfocadas sin el clamor pavoroso de centenares de coches pitando, con prisas hacia ningún lado, cuando en la mayoría de casos nadie espera detrás de la puerta.

Bendito campo, que aun sin saber labrar, ni tener la sapiencia como para sacar de la tierra una buena tomatera, te hace sentir libre ya que sin saberlo te has adentrado en tu propia cárcel del asfalto, la misma que te da de comer.

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