El Valle de los Caídos - La otra cara


España, a orgullo y pena, abandera más que la suya, la triste y barata insignia de la dualidad. La imposibilidad mental de una tercera opción como un referente fiable nos convierte en insulsos humanos cuya filosofía de vida no es otra que "o conmigo o contra mí". Seguimos - o mejor dicho siguen - criando generaciones de chavales que antes de tomar la Comunión ya conocen cada una de las historietas de sus familias, en sus pueblos, durante una Guerra Civil que lo único que mostró una vez terminada no es que las guerras sean malas, sino que no hay nada peor que la envidia de un español con escopeta. Así que señores, no vengáis pidiendo justicia, porque aquí todos tenemos algún bisabuelo enterrado en la cuneta de alguna autopista.

Dejando toda la suciedad atrás y todas las estúpidas reivindicaciones que no van a otra cosa que a llevarse alguna subvención estatal, autonómica o local, voy a intentar recoger mi personal visión de El Valle de los Caídos. Situado en el municipio de San Lorenzo de El Escorial, en plena Sierra de Guadarrama, se levanta a los ojos de todos los 150 metros de altura de cruz a cuyos pies alberga la basílica más grande la cristiandad.


En su interior se encuentran las tumbas de Don Francisco Franco, quien ordenó su construcción durante sus años de dictadura en España, y de José Antonio Primo de Rivera fundador de La Falange. A su vez reposan los restos de 33.872 combatientes de la Guerra Civil Española, tanto del Ejército Nacional como del Republicano.

Lo que no muchos saben - o mejor dicho - lo que no muchos han querido saber, es que durante su construcción (1940-1958) y durante la vida del Caudillo, jamás fue intención propia destinar la construcción a fines personales, tales como su propio descanso eterno. La ubicación de la tumba de Franco fue una de las primeras decisiones que tomó el por aquel entonces Rey de España. De hecho su fin, algo que jamás consiguió, fue un monumento a la reconciliación de esas dos españas más preocupadas en mirarse el ombligo y seguir maltratándose porque Julio, el hijo de la panadera, cuando tenía dieciséis años le quitó a Teresa, la chica más guapa del pueblo a Luis, hijo del cacique, y como ahora yo soy el terrateniente, quince años después, dejo al Comandante de Puesto de la Guardia Civil cazar gratis en mis tierras a cambio de que mande a dos militares a pegarle un par de tiros y tirarle colina abajo mientras se marchan cantando el Cara al Sol en su Nissan Patrol - véase la dramatización.


Pues esto es España. Gobiernos gastándose cientos de millones de euros en nuevos monumentos, monolitos y demás glorietas y rotondas que absolutamente nadie quiere ni entiende, mientras una de las mayores maravillas arquitectónicas pasa casi desapercibida, dándole de lado y que por muchas personas que disfruten sus caminos siempre le quedará un visitante por aparecer en él, el reconocimiento.

La diferencia está en la capacidad personal que debería desarrollar cada uno para saber ver más allá de cualquier fachada. En mi caso, lo hubiese disfrutado al mismo nivel si el monumento hubiese sido del Ejército Republicano, de la misma URSS, de cuatro cubanos amantes del Ché Guevara o del mismísimo Tercer Reich. Creo que nadie se atrevería a culpar a los egipcios por utilizar esclavos a la hora de levantar sus milenarias pirámides.


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