Cementerio de La Almudena, Madrid

La muerte no es más que una amiga de pocas palabras, alguien que tampoco abre mucho la boca y normalmente si lo hace no gasta tiempo en ir dando explicaciones. La muerte no siempre viste de negro, eso es lo que ella nos hace creer para facilitarle el trabajo y no poder verla venir de lejos. Ella es la que no te tiene en la agenda de contactos, la que jamás vendrá a preguntarte que cómo estás, ella normalmente no aparece, pero tardará menos de un segundo en recordar tu número y darte algún que otro toque. A veces es sólo un mensaje, uno que no espera respuesta, ni le llegas a oír la voz, ni habláis, "¿para qué?".- piensa ella, si ya tendré tiempo, largo y tendido, para contarte todo lo que quiera. Y más.

Pasear por el camposanto puede resultar una experiencia llena de vida. Curioso. Cada paso que das te hace ver el valor de poder estar dándolo. No me ocurrió eso en ningún otro lugar, ni tan siquiera en esos pasillos de hospitales a las tantas de la madrugada que por desgracia alguna vez solemos andar, ni en tanatorios. Podría ser por el ruido. Allí, en el Cementerio de La Almudena, no se escuchaba ni un alma, a pesar de estar plagada de todas ellas.

Una extensión de 120 hectáreas visitables, como no podría ser de otra manera, en coche, hacen de la necrópolis una de las más grandes de Europa. En ellas podemos encontrar parte de la historia de España. El Monumento a los Caídos de la División Azul, la Legión Cóndor, los Héroes de Cuba, la Familia Flores, el Momumento a las Trece Rosas o Tierno Galván son algunas de las tumbas más representativas de este cementerio.

Sus "barrios", como bien podrían definirse, esculpen las clases más naturales con las que llevamos compartiendo el día a día en nuestra propia vida. Una vez fuera de ésta, la cosa no iba a cambiar mucho. Hasta los muertos tienen clases y buenos vecinos o malos vecindarios.

Concretaría no más que un par de detalles al margen de todo el famoseo que allí descansa, no más. En primer lugar es la sorpresa que supone toparte con una tumba de etnia gitana. Podría ser signo inequívoco representativo de nuestras diferencias tales a la hora de tomarnos la muerte y como no, también la propia vida.



Por fortuna tras un largo paseo - en coche - en primera, bien lentito, con todo el respeto que suponen esas calles, me llamó la atención la siguiente imagen. Un torero, de cara fina, femenina, cuerpo y curvas como tales y una especie de falda, nada de pantalón. Allí leí: "A pesar del daño que me hicieron en mi patria los responsables de la mediocridad del toreo en los años 1940 -50... ¡BRINDO POR ESPAÑA!".- Juanita Cruz. Pionera del toreo femenino, republicana, no aceptada. Lo tuvo todo en contra y allí estaba, brindando por el país que posiblemente no le dejó crecer. Valiente espíritu. La envidio. Hasta de las tumbas se aprende.

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