AVE - Madrid Puerta de Atocha - Sevilla Santa Justa

Aquí de nuevo en la estación, como cada mes, con la veteranía de un jefe de pasillos y la juventud de alguien que buenamente podría no haber comenzado ni a trabajar, achicando con cada pisada de andén aquel laberinto que en su día fue. Acercando en cada trayecto lo ajeno y lejano a lo propio y cercano, negándome a la imposición vital que lleva la naturaleza a que sus plantas terminen echando raíces, y no es por la tierra, que va, es por lo que hace que la tierra sea esa tierra.

Después de tanto tiempo rodando de hoguera en hoguera buscando calor y ese olor a cenizas que implica no estar tan solo, he aprendido algo. Lo primero es que los fines de semana no se construyen acordes a un calendario, por mucho que podáis comprobarlo colgado en un almanaque. Esos fines de semana lo hacen aquellos con los que vives, esos fines de semana no son más que un tiempo bien reído, bien compartido y es sólo por éso, por lo que en tu casa, con los tuyos, con lo tuyo... es donde un martes puede convertirse en un sábado. Es lo bueno de rodar y rodar, que puedes terminar aprendiendo de cada piedra que se te clave, porque se clavan, tires por donde tires.

Sólo deseo sobrevolar pronto esos raíles cuando el ocio me lo ordene, el tiempo libre lo permita y la ilusión me acompañe, olvidándome del actual porqué de mis idas y venidas, esa horrible necesidad que erosiona, sin dejar rastro físico, más que el mayor rompeolas que se conozca.

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