Hacienda Benabulque o Nuestra Señora de los Milagros, Sevilla


No he conocido mejor época que ese paréntesis sevillano - Semana Santa y Feria - para invertir parte de mi tiempo libre lejos del olor a incienso y los farolillos, estampa más que típica de una ciudad que rebosa luz en cada cruce de calles, no sólo en abril, no sólo en primavera y sobre todo, no sólo en sus fiestas. No obstante, también sería engañarme a mí mismo si no me sincerase y afirmara que Sevilla, en primavera, en más Sevilla si cabe.

Corría el año 2007, mayo para ser exactos, y una Canon EOS 400D y su 18-55mm se peleaban con su dueño intentando adivinar cuál de ellos era el más curioso de todos. Afortunadamente, meses antes ya disponía de la llave de la ciudad, de ese amasijo de sueños y noches en duermevela que supone la imponente consecución de unos objetivos propios. Mi menda disponía de carné de conducir y algo que todavía era mejor, de un coche maternal que pedía a gritos pisar novedosas tierras. Desconozco si con más inmadurez que valor rompí la hucha de todo mi espíritu aventurero, ese que años atrás no podía escaparse del verde refugio infranqueable que le suponía la ilusión de su propio barrio, de lo conocido. Ahora cualquier semáforo en rojo eran los segundos de una nueva frontera, de un nuevo reino inexplorado en el que de un día para otro me había convertido en mariscal de mis propios derroteros.

Estaba obsesionado por llegar con mis medios a aquel descampado que, a pesar de no haber visto hasta esos momentos, fue descrito en tantas ocasiones por mis hermanos que me hacía ya sentir parte de él. Un lugar con cierta magia - del que hablaremos otro día - donde sentir detrás de las orejas el viento huracano que dejan unos motores de aviones comerciales en el momento de tomar pista. Fue así desde donde partimos. Despidiéndonos de una tarde contemplativa de esos cielos que parecen pintados, de esos azules y violetas que te hacen plantearte más dudas que todos los sermones de iglesia de tu vida. Seguramente si no se adorase a Dios en edificios bañados en oro, la fe dejaría de ser la moneda de cambio para alimentar las bocas de los ya bien alimentados.

Tan simple como salir de allí e intentar volver por otro camino distinto, para de esa manera retomar la misma ilusión con la que partimos, con ese toc-toc tontorrón en el pecho de alguien que no buscando el Santo Grial es capaz de reírse de Tintín y todas sus aventuras, ya que las mías aunque sean a escasos kilómetros de mi cama, son reales y van sin mapas. Quién iba a imaginar que algo tan simple como un giro diferente de volante nos llevase al lugar que, dentro de su abandono, puede llegar a tener más vida todo el Real de la Feria.


Hacienda Benabulque o Nuestra Señora de los Milagros. "De aquí no salgo vivo" - fue lo primero que pensé. Una ratonera de escombros, alambres oxidados, ratas como pumas y ese sonido intranquilo que siempre amenaza de fondo de una moto de campo. No era la tumba de ningún faraón, ni mucho menos, pero por mis venas corría la ingravidez de esas historias de barcos piratas que atesoraban más buenos recuerdos que cofres de rubíes y zafiros. Fue en ese mismo momento cuando supe que volvería, sobre todo con más compañía, no ya por seguridad, sino por el placer de compartir a la vez esa riqueza indescriptible que supone toparse con las mismas sensaciones en el mismo momento y de ese modo evitar las explicaciones y las enumeraciones calificativas que por mucho esfuerzo y esmero que lleven no podrán hacerle sombra a la palpable situación.



Supongo que habré superado ya la decena de visitas a estos terrenos que hoy son ya propiedad de Airbus. Será cuestión de tiempo y de dinero que una grúa haga más forraje si cabe de lo poco que allí queda, de unas paredes que guardaban recuerdos cercanos de Disney, de un pozo traicionero, de huesos de perros, de cartuchos de escopeta, de escalofriante ropa interior femenina, de zapatos de tacón que dicen ser testigos de violaciones, de sus psicofonías que avisaban no ser lugar de buen descanso y de una pequeña rana que siempre se encuentra allí, en su escalón, esperando que te acerques para saltar al agua y volver a colocarse disciplinariamente en su lugar para volver a saltar en tu próxima visita.

6 comentarios:

  1. Este puede ser tu mejor relato hasta la fecha.

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    1. Muchas gracias Betaori. Te aseguro que lo único que me ha faltado ha sido abrirme la cabeza para sacar con cucharilla de postre cada una de las sensaciones que todavía llevo guardadas.

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  2. Cada vez que visitaba la Hacienda me preguntaba cómo hubiese sido en los años 60 y 70, ese tardo franquismo y esa apertura de la sociedad hacia nuevos caminos, nuevas libertades que los más de uno seguramente experimentaron a punta de navaja y amenaza.

    Las paredes de la Hacienda bien podrían haber sido las de una familia de matarifes sacada de la mismísma Matanza de Texas o de la mismísma Carmona.

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  3. Hola, mi abuelo trabajó en esa Hacienda. Soy de Alcalá de Guadaira y me gustaria ir a lo que queda de la Hacienda con el. Alguien me podría decir donde está exactamente? Se que esta entre Mairena y El Viso.


    Gracias

    absanabria@hotmail.com

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    1. Hola Alberto, es un placer leerte por aquí. Te mando las coordenadas para que puedas visualizarla por Google Earth o por Google Maps.

      37º24'27.0 N 5º52'17.85'' O

      La entrada se inicia en un camino no asfaltado antes de toparte con la rotonda de entrada de Aribus Military.

      Si nos pudieses contar más detalles sobre la Hacienda estaríamos encantados. Muchas gracias.

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