La pequeña Alba conoce a Papá Noel

Siempre he presumido de infancia hinchando mi pecho a orgullo. Soy uno de ésos de los que mira a sus espaldas y no puede evitar sonreír. Lo único malo de valorarlo es que te tienen que ocurrir un par de cosas. En primer lugar que la vida, por circunstancias indiferentes, no empiece a tratarte con la misma delicadeza y cuidado que unas manos de madre y la segunda, que las agujas del reloj hayan dado demasiadas vueltas y te lleves un buen bofetón sin manos, aprendiendo que ya se pasó tu hora para verlo todos con ojos nuevos. Es justo en ese momento cuando te acuerdas de lo bien que se vivía sin las copias de las llaves de tu casa, ésas que tanto suplicaste, y gritando aquello de "¡Mamá, cinco minutitos más y subo!" que ahora mismo soy feliz y yo ni lo sé.


Desde que dispongo de recuerdo propio no he conocido una Nochebuena y una Navidad sin la compañía mi familia. Una tradición en la que nos juntamos para cenar y al día siguiente buscamos algún rincón, a ser posible en el campo, donde acompañados de una buena candela disfrutamos de la última barbacoa del año.

El tiempo corre, la familia crece y mis primos fueron padres. Siempre he querido darle a los que me importan aquello que yo no pude tener y hubiese deseado locamente. Afortunadamente dispongo de una prodigiosa memoria en la que zambullirme y notar, como si de una piscina se tratase, el frío golpe del recuerdo sobre mi piel. A pesar de ello, creo que no hay nada mejor y más palpable que un testigo audiovisual.

Un padre es capaz de romper las barreras más potentes por la sonrisa de un hijo. Si existe algo que pueda superar esa fuerza, es un abuelo en busca de ese mismo objetivo. Dentro de este triángulo se mueve nuestra historia. Un padre, su hija y su abuelo. Un tridente inamovible que no conoce excusas para hacer de su pequeña la niña más feliz del mundo. Hoy Alba ha conocido a Papá Noel, una nueva versión mejorada de él, más actual, con gafas de sol de ésas grandes, que tapan - ya me entendéis - y como bien dejan claro entre risotadas, un poquito huevón.

Lo que ella, la pequeña Alba, no sabe, es que este vídeo no es más que un simple acto de egoísmo por mi parte. Ella, desvinculada de cualquier pretensión, me ha hecho el mejor regalo que alguien como yo puede recibir por Navidad. Ella me ha dado la oportunidad de verme reflejado en sus ojos, transportándome a una época a la que ya jamás podré volver. Me conformo con que sólo os transmita una pizca de lo que a mí.

Atención: No apto para los peques.

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