Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Ya han pasado años de aquel momento pero sigo recordándolo como si fuese ayer, cuando arriesgando como casi en toda ocasión absurda mi salud, fui protagonista de aquella sensación tan recordada por padres y profesores, tan pura y limpia, tan natural, de disfrutar del sabor y la frescura de un trago de agua de río que baja jugueteando entre afiladas rocas. Ya por lo menos ningún veterano podrá decirme que no sé lo que es beber de un arroyo transparente y cristalino.


Fue en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en Huesca, donde tuve el privilegio de disfrutar de cada una de sus impresionantes vistas, de salir de su sendero marcado y perderme con cierta precaución entre su extensa vegetación. Fue y seguirá siendo durante mucho tiempo la mejor ruta de campo que mis piernas han andado.

Lo bueno de ser un maldito friki de la fotografía es que ante cada excursión siempre vas a tener tres momentos cruciales de disfrute máximo: el antes, el durante y el después. No importa que el destino haya desilusionado si en nuestra llegada nos hemos llevado algo de valor. Ya nadie nos podrá robar ese momento, es nuestro y si lo hemos captado nos queda ese después, para seguir sacándole provecho. En este caso, cada una de las partes salió a pedir de boca.

Ya nos avisaba el propio autobús de ruta, el mismo que ocupa una sinuosa carretera de doble sentido para él sólo, de que lo que íbamos a vivir era una auténtica aventura. Una mano al volante y la otra al walkie-talkie. Un profesional como la copa de cualquiera de esos árboles. La comunicación con el punto de destino la llevaba con la misma soltura con la que maniobraba a una mano al borde del mayor precipicio en el que jamás me haya encontrado. Os aseguro que la máxima concentración de rezos y pedidas a Dios se encontraban en los posibles treinta y cinco pasajeros que llevábamos el corazón en la glotis. Solamente bastaba un fallo sobre el terreno para divertirnos durante siete segundos de caída libre hacia un abismo que el mismísimo Balrog hubiese dudado en adentrarse.

La orografía del parque está totalmente dominada por el macizo de Monte Perdido, el mismo que se alza a unos 3355 metros, con las cimas de las Tres Soroses, desde donde derivan los valles de Ordesa, Piñeta, Añiscio y Escuaín. Sus cañones, precipios y barrancos hacen de este parque un gozada para cada uno de los sentidos. Cada una de sus cascadas son paradas obligatorias para agradecer a la naturaleza lo que nos proporciona, sólo y simplemente para deleitarnos.

Recuerdo un comedor lleno de gente, demasiados eran, donde servían un menú apetecible que no pude probar por falta de stock en el costillar, situado cercano a la parada del ya mencionado autobús. Es por ello y por la dificultad de movimiento para salir corriendo de este paraíso por lo que sería uno de nuestros mejores aliados una buena mochila con un papelón de jamón ibérico, unas Lays Gourmet y Coca-Cola refrigerada como si no hubiese un mañana. Yo les doy la idea, ahora que cada uno se lleve lo que considere mejor compañía.


Simplemente les recomendaría que desayunasen bien, que se olviden del reloj, que usen buen calzado y no olviden una cámara de fotos. 

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