Esclusa del Guadalquivir

Bajando el Puente del V Centenario sentido Huelva, en la primera salida a la derecha, podemos encontrar la Carretera de la Esclusa. Un camino a los pies del puente que nos dirige directamente a la zona industrial del puerto. Una silenciosa carretera de complicado asfalto transitada mayoritariamente por trabajadores de la zona.


El Guadalquivir ha sido testigo y protagonista durante siglos del crecimiento y desarrollo de la ciudad. Desde tiempos inmemoriales sus aguas han demostrado tener la misma función positiva para incrementar el comercio como la furia para desatar incontroladas inundaciones. La verdad que son situaciones en las que la naturaleza te puede dar la mano a la misma vez que te apuñala con su clara y poderosa sinceridad.


Tras la construcción de la antigua esclusa en 1929, el río ahora era una dársena gracias a la cual el control de embarcaciones era posible. Un importante avance que no sólo palió el problema del tráfico marítimo sino que alivió las tierras aledañas de alguna que otro inundación del pasado. Han sido sesenta años de servicio, seis décadas de trabajo inconmensurable en las que sus puertas han permitido el paso de cientos de miles de barcos, sesenta años años para mirar atrás y darse cuenta que su edad de jubilación ya ha llegado, que ya va siendo hora de que los avances y las nuevas tecnologías la olviden y la dejen de lado.

Para muchos sólo será un amasijo de engranajes olvidados, una postal para el recuerdo o una simple poza que apesta. Desde mi más modesto pensar prefiero recordarla desde el cariño, como la visitaba, sentado entre unos viejos hierros, acompañado de una Coca-Cola y viendo de la manera más palpable como Sevilla cada día era una de las ventanas de este mundo.

Ahora sólo le queda contar sus historias, recordar lo que un día fue, acompañado del embriagador aroma del tabaco negro y de ese anís madrugador del que seguramente iban acompañados muchos de los marineros que le presentaron sus respetos.

1 comentario:

  1. Esta es parte de la Sevilla auténtica que permanece oculta y desconocida para la gran mayoría de los sevillanos. Esa Sevilla alejada del farolillo y la corneta. La esclusa es la verdadera puerta de Sevilla al mundo.

    Yo puedo decir que he disfrutado comiéndome un bocadillo sentado en una de sus solitarias orillas, viendo cómo barcos de nombre ruso y bandera panameña esperaban con paciencia marinera el nivelar de las aguas del Guadalquivir.

    Parece increíble que con todo lo que se ha escrito y con todo lo que se habla, Sevilla sea aun una ciudad por descubrir.

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